Nací en Madrid pero crecí en Pozuelo de Alarcón. Ahí tengo mis recuerdos, mis primeras experiencias. Me formo en talleres profesionales que se crean en mi pueblo. Es un punto de partida para una carrera profesional centrada en la madera y la tierra.

 

Recuerdo mi primer taller, el que monté en Aravaca hace 30 años. De ahí pasé a abrir un nuevo taller en el que actualmente imparto clases a niños y a mayores, situado en la urbanización Rosa de Luxemburgo, también en Aravaca, donde poco a poco fuí integrándome en la comunidad. Llegué a contar con unos 130 alumnos en horario extraescolar, para el que se creó un aula específico de cerámica en el CP Pinar Prados .

Enseñar ha sido otra de mis pasiones. Disfruto dando clases a los pequeños despertándoles a través de su contacto con el barro el placer de crear, de sentir a través de la obra creada. 

La naturaleza ha estado siempre presente en mi obra. Cerámica y madera, ambas conviven en mi creación hasta que en el proceso que sucede de forma natural toman vidas separadas. Si bien empecé a trabajar la cerámica siempre hubo una peana o una pieza de madera que aunaba ambas.

La vida me lleva a Pelegrina (Sigüenza) al Parque Natural Barranco del Río Dulce que es donde encuentro un punto de inflexión en mi obra, un lugar abierto que me proporciona buenas maderas para reconocerme disfrutando y creando mis últimas obras. 

 

¿Qué hacemos con el tiempo?

Parto de esta reflexión para encontrar la forma de acércame a la naturaleza, de ver la degradación de la materia a partir de ella. En ese dialogo que entablo con la materia encuentro, esa madera en bruto, lo que me ofrece,  busco sin imponer, y me adapto a lo que voy viendo, a la calidez de la madera, a sus imperfecciones, a sus nudos, a sus vetas. Yo no impongo a la materia sino que me adapto a ella. Tengo un diálogo con ella, así trabajo, en resumen, un sentimiento de equilibrio en mi vida como artesano, creador, artista.